Buda ha muerto

El Dalai Lama promete renunciar

¿Qué sentido tiene? A pesar de que el Dalai Lama amenace con dar un paso al costado y denuncie el denominado “genocidio cultural”. Mientras China enerba sus fuerzas para acallar conflictos que manchen sus juegos olímpicos… La guerra está perdida. Buda ha muerto.

Ni el líder tibetano se atreve a reconocerlo ni China logra comprenderlo. Sin embargo, nada queda ya de la cultura budista que proclamaba la paz por sobre todas las cosas. Los últimos hechos de violencia en plena calle, con más de 80 muertos (no reconocidos por el gobierno chino, por supuesto) sólo constituyen los últimos batacazos de un conflicto que, aunque iniciado tras la revuelta de 1959, recién ahora dá sus últimos coletazos culturales para inaugurar una nueva era: la de la política armada, la violenta.

Tarde descubre el Dalai las implicancias del genocidio cultural al que, paradójicamente, expuso a sus seguidores en el momento en que sus reclamos de mayor autonomía lo expulsaron al exilio y la veracidad golpeó sus rostros con una única realidad:  con la paz no basta, con la paz no se puede. Por ello, también tarde, amenaza “con renunciar por completo”.

Aún cuando China deje de vulnerar los derechos ciudadanos del Tibet, ¿quién lavará las manos manchadas de violencia?

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