Como un largo retroceso se viven estos días en la Argentina bajo el gobierno de Cristina Kirchner, gestión a la que le toca enfrentar los vicios de un modelo que ya expone su endemia por todos lados bajo las formas de estancamiento del crecimiento, irrealidad de la relación peso argentino- dólar, inflación interna y crisis agrario- industrial. Pero que, también, se enrraiga en los modelos más antiguos y criticables de la historia política. Sobre este recorrido negro de encarnizamiento con los medios de comunicación se enlazan no sólo las reiteradas alusiones discursivas de la presidenta a la existencia de un supuesto complot mediático sino los patéticos afiches que empapelaron la ciudad de Bs. As bajo la firma de la Juventud peronista.
Como si no hubiera temas más urgentes, como si el paro agropecuario no volviera a jaquear la base de la economía argentina asentada sobre la exportación de materias primas, el gobierno se entretiene en un cruce de palabras vacío contra medios de comunicación. La puja que se inscribe en la historia del gobierno Kirchner y de lo peor del peronismo, da lugar al renacimiento de grupos que hasta ahora no habían tenido más cabida que la propia de la renovación de filas pero que, por supuesto, no poseen precisamente la fuerza revolucionaria de antaño.
La Juventud peronista, la misma que forjó a la pareja Kirchner en el pasado y que se reveló ante el regreso de un líder que no respondía a los mismos ideales de sus inicios, hoy se inclina ante las demandas de un gobierno que parece haber perdido la brújula y que, en vez de buscar reencontrar su norte, despilfarra su tiempo en extensos discursos contra la realidad que no puede describirse en palabras.
“Allá ellos” podríamos decir si la economía no carcomiera los bolsillos día a día, “allá ellos” podríamos decir si no fuera que en el tiempo se pierde nuestro futuro.
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