de las F.A.R.C. aunque asegure que no tiene sus “manos manchadas”. Karina, la guerrillera que se entregó al gobierno colombiano tras veinte años de acción rebelde, asegura no estar involucrada en la muerte del padre del presidente Álvaro Uribe. Como si ello cambiara algo.

Teme por su vida porque para el ejército terrorista es una traidora. Teme, quizás, porque para el mandatario la lealtad a su sangre sea más fuerte que cualquier ley. Karina está muerta en vida, aunque todavía no lo sepa.
Cada hora, cada minuto, cada segundo en que sus declaraciones sean exprimidas en el afán de conocer al enemigo, la mujer que era conocida por su sanguinario e implacable accionar desangrará el tiempo de su vida. Es cosa juzgada y lo sabe: su rendición “es considerada en las FARC como una traición“.
Pero, también sabe que de nada servirá que desmienta toda participación en el asesinato de Alberto Uribe Sierra, porque “esa versión circula, viene circulando desde hace mucho tiempo” (frase textual del ministro de Defensa, Juan Manuel Santos) y será su cruz en el nuevo capítulo de eliminación que escribe el gobierno.
De una u otra manera, no podrá escapar a su destino. Podrán lavarse las manos y otorgarle la gracia de 8 años de prisión por colaborar con el Estado pero, más tarde, más luego, la guadaña de unos u otros caerán sobre ella. Entonces, pregunto, ¿a quién traicionarán sus palabras? ¿a quién servirán sus palabras?
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