El 29 de mayo de 1970 un secuestro, que culminaría en ejecución, es llevado a cabo por una organización juvenil de tinte nacionalista y católica pero, fundamentalmente, peronista. El ‘Operativo Pindapoy’ se producía en la misma fecha en que el gobierno de facto de Onganía se daba un respiro de tanto ‘Cordobazo’ y tanta conspiración interna, en el Día del Ejército. El ‘Aramburazo’, como lo denominó el pueblo al asesinato perpetrado en su nombre, inauguraba las acciones de la “juventud maravillosa” más combativa del peronismo. ‘Montoneros’ “se juega a cara o ceca” en un hecho que resignifica la guerrilla de los ‘70 y que se lleva consigo al Onganiato y al fusilador de “Operación Masacre” para la posteridad.
Cuatro años de historia armaban a ‘Montoneros’ pero hasta aquel momento no habían tenido nada que declarar sobre el cuerpo del General muerto y, momentáneamente, enterrado en Timote. Sin embargo, para el 3 de septiembre de 1974, muchas cosas habían cambiado. El 1º de mayo de ese mismo año, el Gral. Perón os había tildado de “estúpidos que gritan… imberbes que pretenden tener más méritos que los que lucharon veinte años…”Es entonces cuando ‘Montoneros’ reaparece en ‘La Causa Peronista’, para recordarle al General el significado de la consigna “Perón o Muerte” que habían motivado a quienes lucharon con sólo veinte años.
“Fernando Abal (Medina) tenía 23 años; Ramus y Firmenich, 22; Capuano Martinez, 21″, diría Norma Arrostito (‘la flaca’) en el órgano de difusión dirigido por Rodolfo Galimberti. Mientras que, en nombre de los que ya no podían contar la historia, Mario Firmenich aclararía: “fuimos a la operación con el criterio del todo o nada. El grupo inicial de ‘Montoneros’ se juega a cara o ceca en ese hecho”.
Algo que habían querido aclarar desde un principio, incluso poniendo en juego sus vidas con la incorporación de un jóven al que no apreciaban pero que necesitaban a partir de aquel nacimiento clandestino que habría de perpetuarlos. “En la época que nadie sabía que hacía el uno y el otro, nadie sabía que le podía decir o no al otro por si el otro caía”, diría muchos años después su biógrafo, habían tenido que recurrir al Galimberti “verborrágico”, “ambicioso”, “confuso” y “que piensa cuarenta cosas a la vez” pero que, también, era el líder juvenil de JAEN (Juventudes Argentinas por la Emancipación Nacional) y, como tal, el referente más importante del peronismo estudiantil. A través de él, ‘Montoneros’ llegaría al Perón del exilio en Madrid, quien ya se encontraba acompañado por ‘Lopecito’ (como el mismo llamaba a López Rega).
“El sistema ha cometido la torpeza de desenmascararse comprometiendo a todo su ejército en esta farsa llamada ‘Revolución Argentina’ (…) Fue como escupir al cielo, porque arruinaron a todo el mundo, políticamente no crearon nada nuevo, y entonces lo que consiguieron fue enfurecer al pueblo, hartarlo”, explicaban en la carta del 9 de febrero de 1971.
A decir verdad, la ‘Revolución Argentina’ no había venido en manos de Onganía, como éste hubiera pretendido con el golpe que derrocara al Dr. Arturo Illia, sino con las manifestaciones continuas que llegarían a su máxima expresión con el “Cordobazo”. Por primera y, quizás, única vez, el estudiantado se unía a los trabajadores dejando de lado la postura de “libros, sí; alpargatas, no”. Después de todo, a los muertos de Entre Ríos y Rosario, que motivaran a la dirigencia de la C.G.T. y de la U.T.A, se sumaban las intervenciones en las universidades, la persecución ideológica y el suceso denominado “la noche de los bastones largos”, que implicara el despido violento de estudiantes y de profesores universitarios de los centros educativos.
Onganía había golpeado a toda la sociedad a partir de su premisa de que las universidades eran centros de subversión. Las restricciones no habían llegado únicamente como proscripción de un partido sino que habían reprimido tanto a los hijos del peronismo como a los del antiperonismo en una persecución basada más en la edad que en las creencias ideológicas.
En cierta medida, las Fuerzas Militares respondían a un proceso en gestación que tendía a eliminar su poder. Tras el peronismo, las universidades habían dejado de ser claustros de la oligarquía. Por el contrario, servían a un sinnúmero de estudiantes hijos del proletariado proscrito y de los presos políticos de la ‘Revolución Libertadora’. A su vez, muchos jóvenes vivían la desilución de los padres que habían apoyado el golpe por aspiraciones socioeconómicvas frustradas con el nuevo gobierno. Así, la influencia política ejercida por los que técnicamente no estaban incluidos en el sistema, no dejaba de sumar adeptos.
En ese contexto, el “Cordobazo” transforma el ‘Día del Ejército’ en el aniversario de su defunción mediante un movimiento que pondría en jaque su accionar. A partir de aquel momento, las Fuerzas Militares habían iniciado un movimiento golpista interno con el fin de retomar un poder cada vez más indómito.
Sin embargo, “como en el ajedréz”, ‘Montoneros’ le come la pieza clave “para arruinarles la maniobra y obligarles a jugar improvisadamente”. En la primera misiva a Perón escriben, en referencia la golpe que estaba tramando el Gral Pedro Eugenio Aramburu, que el juzgamiento y ejecución revolucionarios tienen como razón fundamental: “el rol de válvula de escape que este señor pretendía jugar como carta de recambio con el sistema”. Y alertan: “Los gorilas se piensan que se puede engañar al pueblo con sucesivas expectativas que al final se ven frustradas; pero se equivocan porque no se puede engañar a un pueblo educado en una doctrina que le es propia; no nos engañan a nosotros”.
La solución de Aramburu a la incompetencia de Onganía se transcribía al proyecto del ‘G.A.N.’ (Gran Acuerdo Nacional)por el cual se retornaba a la democracia con la opción de un ‘peronismo de corbata’ como maniobra eleccionaria. En fin, se ofrecería el olvido de viejos rencores, el ‘mea culpa’ por los muertos y la negociación de los restos profanados de Evita, para la vuelta de un partido representativo pero controlado.
Si bien las intenciones presidenciales de Aramburu estaban en boca de todos, ‘Montoneros’ se jactaba de haber avizorado la “jugarreta” estratégica de introducir al justicialismo para clamar a los gurpos que empezaron a tomar las armas a partir del 29 de mayo de 1969. “Los resultados han sido claros, el sistema no puede fingir demasiado cuando es tocado en su fibra íntima. Así, levingston, que pretende devolver a la función presidencial una imagen popular (absolutamente nula en su predecesor) se desnuda en el bombo oficial por el sepelio de Aramburu.
El entierro, al igual que la destitución de Onganía, se desplazó un mes hasta que la búsqueda llevó al cuerpo sepultado en la localidad bonaerense de Timote. A pesar de los esfuerzos militares, el hecho había desgastado a toda la Fuerza y no únicamente al General de la ‘Revolución Argentina’. Más allá de los planes de Levigston y de la política económica nacionalista propuesta por Aldo Ferrer como Ministro de Economía, los mensajes para las Fuerzas Armadas empezaron a resonar desde diversos ángulos, sin distinción de clases.
El velorio de Aramburu fue un hecho político en que todos aprovecharon para dar señal de alerta sobre el proceso que comenzaba. Así, desde la intelectualidad, Silvina Bullrich comentaba para quien quisiera oírlo: “Los siento mucho, pero aquí nadie dá soluciones…Al fin y al cabo todo el mundo vá a terminar siendo justicialista… Y con razón… No hay nueva ideas, ninguna motivación (…)”. Por su parte, desde Londres, el ministro del Interior Eduardo Mc Louglin alertaba: “Esto no tiene nada que ver con el peronismo y el antiperonismo. El crimen de Aramburu no conjuga con lo ocurrido en el pasado inmediato argentino”. Casi al unísono de la dirigencia política, el ministro de Defensa Gral José Cáceres Monié se negaba a encasillar a los ejecutores como “maoístas o castristas” sino que los describía como “argentinos. Nos guste o no. malos argentinos, pero argentinos al fín… No seamos escapistas…”
Por su parte, en un acto que Bernardo Neustadt consideraría “sin pasados y sin odios”, el hijo de Aramburu les recuerda indirectamente a las Fuerzas el legado de su padre: “La salud de la República reclama unión entre los argentinos, órden, legalidad y democracia”. Miientras que, como mensaje para aquel que aseveraba “estar orgullosos de ser su hijo”, Arturo jauretche insistía: “los fusilados del 9 de junio no nacieron de incubadoras, también tenían madres”.
Así las cosas, el tiempo tendía a darle la razón a lo augurado por el General muerto en la carta escrita un día antes de sus asesinato. Con la noticia de los fusilamientos, el Gral. Valle le había devertido: “Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo (…) Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones”. Entonces, con la lucidez de los últimos momentos de vida, el Gral. Aramburu daba por confirmada la amenaza de Valle y prevía la destinada a las Fuerzas: “Si el país no tenía una salida institucional, el peronismo en pleno se volcaría a la lucha armada”, escribiría el ‘fusilador’ ante la incertidumbre de su muerte.
Con la lectura de la carta enviada por aquel insurrecto, Aramburu había dado por escrito sus destino. Sabía que el levantamiento del 9 de junio de 1956, inducido por él mismo para luego justificar la muerte de opositores al régimen, marcaría su historia. Sin embargo, en el momento de firmar los decretos 10362, 10363 y 10364, que ordenaran la matanza de los 27 civiles implicados y la condena de 8 militares (a pesar de que un Cosejo de Guerra hubiera fallado la inocencia de éstos últimos), había pensado lo mismo que le constestaría a fernando Abal medina en uno de los dormitorios del casco de estancia de ‘La Celma’: “Y bueno… nosotros hicimos una revolución y cualquier revolución fusila a los contrarrevolucionarios”.
Su inetnción había sido la de escarmentar al pueblo bajo el lema de que “la revolución no tiene dueños ni admite herederos” y no la de convertir a los fusilados en mártires. Sin embargo, en contraposición a sus planes, “un fusilado que vive” daría letra a Rodolfo Walsh para que narrara la historia de aquella ‘Operación Masacre’. Desde aquel momento, había sido cuestión de tiempo para que el pueblo se cobrara venganza.
Lo imperdonable, de todos modos, había sido la posterior desaparición del cuerpo de Eva Duarte de Perón. En el afán de “desperonizar al país”, no se habían conformado con clausurar publicaciones de raigambre peronista, proscribir el partido, intervenir los sindicatos, anular la Constitución de 1949, liquidar los bienes de la Fundación Eva Perón y vender las joyas de la primera dama, sino que habían usurpado la C.G.T. y habían transferido el cuerpo de “la abanderada de los trabajadores” a un lugar desconocido.
‘Montoneros’ había logrado sacarle, balbuceante, la hubicación de dónde se encontraba el cadáver. “Sobre este tema no puedo hablar, por un problema de honor…Lo único que puedo asegurarles es que ella tiene cristiana sepultura”, había insisitido. Pero, finalmente, tuvo que decirles que Eva Perón se encontraba en el cementerio de Roma, bajo custodia del Vaticano.
Paradójicamente, ningún sitio era más adecuado para el cuerpo incorruptible y mítico de Evita. Los trabajadores la habían santificado a pesar de su pasado supuestamente indigno. Sin embargo, la dirigencia no había tenido opción. Aquella mujer era el símbolo del insulto a lkos grupos oligárquicos que habían facilitado el golpe de 1955 y, fundamentalmente, sintetizaban la articulación revolucionario de un movimiento que, acaso, no muere.
Como parodia del destino, no sólo no habían logrado arrancar su existencia de la memoria sino que habían fortalecido un fantasmo que negaba su desaparición real. “Evita vive” sería la consigna de los trabajadores frente al recuerdo eternamente maquillado y, también, uno de los movilizantes de las agrupaciones armadas y clandestinas del peronismo.
‘Montoneros’ a la vez que afirmaba: “Si Evita viviera sería ‘montonera’”, era terminante en su resolución. El Comunicado Nº3 informaba: “en el día de la fecha, domingo 31 de mayo de 1970, (…) El Tribunal Revolucionario,resuelve: 1º) Condenar a Pedro Eugnio Aramburu a ser pasado por armas en lugar y fecha a determinar. 2º) Hacer conocer oportunamente la documentación que fundamenta la resolución de este Tribunal. 3º) Dar cristiana sepultura a los restos del acusado que sólo erán restituídos a sus familiares cuando al Pueblo Argentino le sean devueltos los restos de su querida compañera Evita”.
Ojo por ojo parecía ser la decisión de aquel Tribunal que se apreciaba “de inspiración Cristiana y Nacional”. Como también, sería la consigna del ‘Comando Montonero Maza’ que, tras la ejecución del dirigente sindical José Alonso, había dejado que el hecho se le adjudicara a ‘Montoneros’. En realidad, poco importaba quienes fueron los artífices cuando la mayor parte de la población convalidaba jubilosamente el asesinato basado en la idea de que “si los dirigentes no se ponen a la cabeza, adelante con la cabeza de los dirigentes”. El crimen se había llevado a cabo pocos días después de la reunificación de la C.G.T. , en la que el metalúrgico Jos´´e Ignacio Rucci había sido nombrado secretario general, y no respondía exactamente a la visión táctica de ‘Montoneros’. “(…) nosotros creemos que nuestra tarea fundamental no consiste en cortarles la cabeza a los burócratas traidores, porque la dinámica que nosotros mismos imponemos a la guerra los obligará a sumarse o quedar marginados de la historia (…)”, le comentaron a Perón en la carta enviada a Madrid. Hasta aquel momento, no prevían que “el pueblo” no les estaba pidiendo más ejecuciones sino que se estaba ocupando por si mismo de hacerlas. Poco tiempo después tomarían contacto con otras organizaciones que se les unirían, como las F.A.R. (Fuerzas Armadas Peronistas), o que elegirían rumbos ideológicos distintos, como el E.R.P. (Ejército Revolucionario del Pueblo), aunque con una misma concepción armada para la toma del poder.
“Un poco a vuelo de pájaro” habían hecho referencia a sus ideas en las palabras enviadas por medio de Galimberti. “Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino posible para que el pueblo tome el poder e instaure el socialismo nacional, es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental y motor al peronismo”.
La visión de ‘Montoneros’ se contraponía a la opción pacífica del Partido Justicialista que, mediante el pacto llamdo ‘La Hora del Pueblo’, se unía al radicalismo y a otros partidos de menor importancia para exigir el retorno a las elecciones. “(…) a nosotros no nos significará ninguna garantía ganar una elección, porque no hay duda que la ganamos, pero tampoco hay duda de que no van tolerar un gobierno justicialista, porque justicialismo es socialismo nacional (…)”, sintetizaban en un análisis que repetía de memoria a John William Cooke.
Desde su exilio en Santo Domingo, Perón había enviado a Cooke como represntante de los sectores combativos del peronismo para llevar adelante el pacto electoral con Arturo Frondizi, en las elecciones de 1958.
La tesis de John W. Cooke se basaba en que el peronismo y la revolución se hallaban en una relación dialéctica por la cual ninguno de los dos era posible sin el otro. El golpe de 1955 había coartado el proyecto antioligárquico peronista, al retrotraer la transferencia de poder a las capas inferiores y al reimplantar la Cosntitución de 1853, que era una expresión del capitalismo por haber sido copiada de la Filadelfia. Como la lucha electoral y constitucional estaba estructurada desde los intereses de una minoría rica, el único camino posible para la liberación nacional era la revolución . La misma debía llevarse a cabo contra el sistema y no en el sistema. Por lo tanto, concluía que dicho fente debía conformarse con los tranajadores rurales, los estudiantes, la pequña burguesía no dependiente del imprialismo y, teniendo como base, el proletariado argentino. De todos modos, veía en la juventu universitaria un rol preponderante que quedaba evidenciado en la solidaridad obrero- estudiantil.
‘Montoneros’ no podía dejar de estar de acuerdo con el aporte doctrinario del teórico que basaba sus concluiones en la impresión extraída de su viaje a Cuba y del diagnóstico de la realidad argentina. Mientras que Cooke definía al Ejército como el guardia de la oligarquía y el brazo aramado del privilegio económico, los ejecutores de Aramburu hacían el racconto de que “al pueblo (…) no puede llamarse a engaño con este Ejército al que ha visto sumarse a la contrarrevolución del ‘55, al que ha visto fusilar a los generales del pueblo, el que lo ha reprimido tanto en sus movilizaciones como en el Cordobazo, el que le anuló legítimos triunfos electorale, y el que lo frustró definitivamente con la llamada ‘Revolución Argentina’”.
“No somos un tiro al aire. No somos ni tantos ni tan pocos, pero no estamos para hacer mucgo ruido y ofrecer pocas nueces. la concepción es clara y la decisión total, como lo prueban nuestros compañeros muertos en combate y los muertos en la trinchera de enfrente”, era una de las últimas frases dirigidas al General exiliado que ya les había costado el asesinato del líder Abal Medina y del compañero Emilio Maza.
‘Montoneros’ firmaba en la misiva “Perón o muerte” y lo había cumplido al pie de la letra por la vuelta del jefe del justicialismo que, tras el golpe de estado a Allende en Chile y la instauración de gobiernos militares en Brasil, Bolivia y paraguay, los defrudaba. La ruptura se producía en el ‘Día del Trabajador’ de 1974. Sin embargo, la historia ya había quedado escrita el 29 de mayo de 1970 cuando un grupo de jóvenes respondía, con la muerte de Aramburu, a la muerte del país ideal.









